lunes, 18 de mayo de 2009

Mi Benedetti

Por Daynet Rodríguez

Se murió Benedetti- dije hoy tres veces seguidas. Solo eso, sin estridencias. No hubo lágrimas aunque las mereciera. Ni dolor en el pecho. Fue más bien un raro estupor, un no salir del asombro, como si la buena gente no pudiera morir nunca. Pero la verdad es que le debía muchas cosas y mucho queda dentro de mí. Por ejemplo, los versos que me abrazaron en la adolescencia: Táctica y estrategia, Utopías, Hagamos un trato... y que me hicieron acercarme a la poesía a pesar de mi pasión por las ciencias. En aquella época, sin saber casi de sus afinidades políticas, tenía la certeza de que Benedetti era un hombre bueno. Tenía que serlo para cantarle a los Desaparecidos, rendir un Informe sobre caricias, lanzar confiado una Botella al mar, y pedir un No te salves ante tanta injusticia. Y con eso ya me ganaba. Luego me reafirmó con su cariño por Cuba y su fidelidad en cuentos y novelas a su esencia: la sencillez y la ternura que le hizo llegar a tanta gente. Esa misma popularidad le costó la crítica de los puristas, reacios a conciliar lo culto y lo popular. En realidad, tras sus vestiduras académicas se escondía el intento de minimizar la obra de un autor comprometido. Hoy lo entiendo mejor, cuando tantos matizan la noticia e insisten en su filiación de izquierda. Por suerte, el arte no sabe de ataduras... y el cariño de la gente, menos. Sin estridencias, con la naturalidad que vivió, cada quien lleva su procesión por dentro.


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