sábado, 18 de abril de 2009

Sin futuro ni retorno


Por Daynet Rodríguez

Así, sencillamente, es el panorama para el inmigrante en cualquier parte del mundo. Muchas veces en condiciones de ilegalidad, expuestos a salarios exiguos, al limbo cultural y a directivas de repatriación -impulsadas por los nacionales para defender la sobrevivencia en el mercado laboral-. Son los que primero sufren las consecuencias de la crisis económica y en ese contexto existen dos miradas de análisis: en los países receptores han sido acusados de la falta de empleo; en sus naciones de origen, ante el recorte en el envío de remesas, contribuyen a calentar las calderas de la presión económica. El primer mundo los desprecia pero los necesita. España, por ejemplo, requiere de otros 2,3 millones de inmigrantes laborales para garantizar el actual modelo de bienestar hasta el 2020. Pero hoy exhibe unos 380 mil de ellos desempleados. El tercer mundo los expulsa, pero también los necesita. Las remesas que envían los salvadoreños a sus familiares desde el extranjero disminuyeron en 7,5% en el primer trimestre de 2009, pero hasta ahora han contribuido a equilibrar la balanza de pagos. Las oleadas de inmigrantes no tienen freno y muchos mueren en el intento: en la frontera mexicana, en el canal de Suez, en los aeropuertos... Y los que llegan a la orilla, seguirán nadando para siempre entre dos aguas.

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