sábado, 26 de septiembre de 2009

El relevo del G-20


Por Daynet Rodríguez Sotomayor

Como en una carrera de relevos, el G-20 ha tomado el batón de la economía mundial de manos del G-8: tal es el principal resultado de la Cumbre que acaba de tener lugar en la ciudad estadounidense de Pittsburgh.
La declaración del mitin concluyó que el G-20 "será responsable ante la comunidad de naciones de asegurar la salud general de la economía mundial" y aumentará "la cuota de participación de los países emergentes y en desarrollo en los organismos internacionales como el FMI a costa de la cuota de los "sobrerrepresentados".
El giro, que algunos expertos achacan a "la dimensión de la crisis", era una solución más que esperada, impostergable: es demasiado el empuje de las potencias emergentes como China, India o Brasil para obviarlas en la toma de decisiones.
Este resultado también se ha querido presentar como "una oportunidad histórica de influir en el destino del mundo. Y, potencialmente, de hablar en nombre de los pobres que no integran el G-20".
Y ciertamente lo es, o puede serlo. Por primera vez se sientan a la mesa industrializados y potencias en desarrollo para dialogar, pero un comentario de IPS publicado hoy aporta un elemento interesante al análisis: ¿Vuelve la máxima de divide y vencerás?
"Sólo necesitamos fijarnos en la historia de las negociaciones internacionales para ver los modelos de ‘divide y reinarás’. Éste es un esfuerzo para debilitar al bloque del Grupo de los 77", dijo a IPS Asad Rehman, de la organización ambientalista Amigos de la Tierra en referencia al G-77, el bloque que históricamente reunió a todos países en desarrollo dentro de la Organización de las Naciones Unidas.
Ése ha sido un bloque efectivo, "capaz de mantenerse unido para las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Necesitamos un G-77 fuerte", señaló Rehman.
Según él, este bloque se divide en los países en desarrollo más vulnerables, por un lado, y los más grandes e industrializados, que pueden velar solos por sus intereses, por el otro.
Y con la creación del G-20, las voces de esos vulnerables no se oirán, o se oirán mucho menos que si el mundo en desarrollo se hubiera mantenido unido.
Es un punto interesante. ¿Pero qué ha significado, en síntesis, esta Cumbre de Pittsburgh para el resto de la comunidad internacional? Una vez más el reclamo de un nuevo orden económico, con la participación amplia y equitativa de la mayoría de los países, fue ignorado olímpicamente. El pedido que Cuba impulsó desde la década de los 70 y que ha encontrado eco entre los No Alineados, el ALBA y otros bloques de integración, ni siquiera fue tomado en cuenta ahora, cuando la economía mundial intenta buscar nuevos derroteros. Tampoco se escucharon las voces de numerosas organizaciones alternativas que se juntaron en los alrededores de Pittsburgh. Por lo que una triste pregunta sigue flotando en el aire: Si la crisis es global, ¿por qué la salida no nos incluye a todos?

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