Por Daynet Rodríguez Sotomayor
Murió Bonachea, uno de los pintores nuestros que más admiro, dentro y fuera de sus lienzos, y siento que a la paleta de Cuba le faltan colores. Los más vivos: verdes, azules intensos, rojos y amarillos, sinónimos de su alegría, de su sonrisa… y muchos personajes que se me antojan salidos de los cuentos de Feijóo, lagartos, lechuzas, pavorreales, contenedores del misterio, imágenes oníricas y muchas veces indefinibles en sus cuadros, ahora están de luto. Parecía que el apagón que sufrimos en los últimos días en buena parte de La Habana, y que no me dejó enterarme rápido de la noticia, fuera un signo de la tristeza de la cultura cubana. Yo lo conocí, en su estudio, en la planta alta de su casa, donde me recibió hace ya unos años para una entrevista. Recuerdo que oía Habana Abierta, y que concentraba todo el caos de la creación en el último cuarto del local. En otra habitación montamos el improvisado set de grabación. Quería que me hablara de su obra, claro está, y de una exposición conjunta con Rancaño en una feria europea, allá por el 2004 o 2005. Bonachea, bromista, conversador; Rancaño, callado, recogido, pero que se sumaba a la conversación de la mano de su amigo. Todo el que ha entrevistado a Rancaño sabe lo difícil que es sacarle las palabras!! Y a mí, casi recién graduada, me sucedió entonces una de las peores cosas que pueden pasarnos en este oficio. Cuando terminamos y comprobamos el sonido, yo había dejado el micrófono cerrado y teníamos una película muda. Con la disyuntiva de la pena o la entrevista, opté por la sinceridad y les pedí nuevamente sus opiniones. Ambos se rieron muchísimo y me animaron. Me acuerdo especialmente de Bonachea, que me dijo: nosotros tan nerviosos… y tú solo estabas ensayando!!! Si lo hubieras dicho!!! Y muy dispuestos los dos comenzaron de nuevo a responderme las preguntas.
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jueves, 26 de julio de 2012
jueves, 10 de marzo de 2011
Zaida del Río: Soy un espíritu libre

Daynet Rodríguez Sotomayor
Dice Miguel Barnet que “nadie puede sustraerse al poder mágico de sus figuras. Ni siquiera aquellos que no sepan jamás interpretarlas”. A ella, según Eusebio Leal, “debemos este rapto al paraíso perdido, a la edad dorada, adonde solamente sus pinceles nos han permitido acceder”. Quien da vida a esas criaturas indescifrables es Zaida del Río, pintora, dibujante, grabadora... Aunque hace mucho tiempo es reconocida como una de las figuras clave del arte cubano contemporáneo, sigue siendo aquella niña, traviesa, juguetona, que nació en un pueblito de campo de Las Villas. Y como la mayoría de los artistas, se resiste a adelantar cualquier conceptualización de su obra: “Nunca analizo qué va a pasar. Yo pinto, pinto, pinto, diariamente, aunque sea una raya…”. Con un excelente humor, Zaida nos abrió las puertas de su casa en una mañana sabatina, para descubrirnos una pintora de cubanísimas costumbres y una mujer que ha defendido, frente a muchas adversidades, su derecho a ser libre.
P:- ¿Recuerda a aquella niña que casi por azar llegó a las artes plásticas? ¿De dónde puede haber venido esa inclinación por las artes?
-Bueno, nací rodeada de personas que contribuyeron después a la artista que soy, porque me dejaron ser libre, desarrollar toda mi imaginación, me dejaron disfrazarme, montar obras de teatro, montar a caballo. Es muy interesante porque todos en mi familia son personas abiertas, mujeres preciosas a quienes vi siempre tejer, bordar y estaba rodeada de un ambiente sano, bello, lejos de la ciudad, a 13 km del pueblecito más cercano, sin luz eléctrica ni nada, y eso contribuyó mucho a lo que es hoy mi personalidad en el sentido de ser una persona abierta, franca. Todo eso se refleja en mi pintura, por eso es tan cubana en la manera de usar la línea, los colores planos, de cierta manera se acerca un poco a lo que es Portocarrero, tiene ese tipo de alegría, de la pincelada, de lo rápido, porque eso fue lo que me enseñó un caballo cuando va al galope.
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