
Daynet Rodríguez Sotomayor
Dice Miguel Barnet que “nadie puede sustraerse al poder mágico de sus figuras. Ni siquiera aquellos que no sepan jamás interpretarlas”. A ella, según Eusebio Leal, “debemos este rapto al paraíso perdido, a la edad dorada, adonde solamente sus pinceles nos han permitido acceder”. Quien da vida a esas criaturas indescifrables es Zaida del Río, pintora, dibujante, grabadora... Aunque hace mucho tiempo es reconocida como una de las figuras clave del arte cubano contemporáneo, sigue siendo aquella niña, traviesa, juguetona, que nació en un pueblito de campo de Las Villas. Y como la mayoría de los artistas, se resiste a adelantar cualquier conceptualización de su obra: “Nunca analizo qué va a pasar. Yo pinto, pinto, pinto, diariamente, aunque sea una raya…”. Con un excelente humor, Zaida nos abrió las puertas de su casa en una mañana sabatina, para descubrirnos una pintora de cubanísimas costumbres y una mujer que ha defendido, frente a muchas adversidades, su derecho a ser libre.
P:- ¿Recuerda a aquella niña que casi por azar llegó a las artes plásticas? ¿De dónde puede haber venido esa inclinación por las artes?
-Bueno, nací rodeada de personas que contribuyeron después a la artista que soy, porque me dejaron ser libre, desarrollar toda mi imaginación, me dejaron disfrazarme, montar obras de teatro, montar a caballo. Es muy interesante porque todos en mi familia son personas abiertas, mujeres preciosas a quienes vi siempre tejer, bordar y estaba rodeada de un ambiente sano, bello, lejos de la ciudad, a 13 km del pueblecito más cercano, sin luz eléctrica ni nada, y eso contribuyó mucho a lo que es hoy mi personalidad en el sentido de ser una persona abierta, franca. Todo eso se refleja en mi pintura, por eso es tan cubana en la manera de usar la línea, los colores planos, de cierta manera se acerca un poco a lo que es Portocarrero, tiene ese tipo de alegría, de la pincelada, de lo rápido, porque eso fue lo que me enseñó un caballo cuando va al galope.