Daynet Rodríguez Sotomayor
Polémico y cuestionado desde hace siglos por estudiosos de la Ciencia Política y el Derecho, y más recientemente, de las Relaciones Internacionales, el concepto de Soberanía sigue convocando, en las nuevas circunstancias de un mundo globalizado, al debate y la revisitación. ¿Es aplicable en la actualidad la noción de soberanía? ¿Cuáles son los riesgos y amenazas que la circundan? ¿Qué tan soberano puede ser un Estado en tiempos de dependencia política, económica, tecnológica…? ¿Existen perspectivas para un fortalecimiento de la soberanía en el contexto de un Sistema Internacional cada vez más multilateral, y a la vez, unipolar, donde se pretende imponer la “gobernanza global” desde los centros de poder? Estas y otras interrogantes permean la teoría y la praxis en torno a la construcción de una Soberanía del siglo XXI.
Globalización y desafíos
En una concepción más general, acuñada por el Fondo Monetario Internacional (3), la globalización “es una interdependencia económica creciente del conjunto de países del mundo, provocada por el aumento del volumen y la variedad de las transacciones transfronterizas de bienes y servicios, así como de los flujos internacionales de capitales, al tiempo que la difusión acelerada y generalizada de tecnología". Pero me gusta el acercamiento del doctor Osvaldo Martínez, hasta hace muy poco director del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial (4), y del investigador Silvio Barró Herrera, del Centro de Estudios Europeos(5), para quienes este fenómeno intenta extrapolar a todas las naciones el modelo económico y el sistema político social imperante en los países centrales de Occidente, tiene como signo demostrativo el capital financiero y en particular la especulación financiera, los agentes que la operan e impulsan son las transnacionales y el manejo de la economía nacional está limitado a imperativos globales, dirigidos a la imposición de una realidad que se afirma es la única posible. Según ambos estudiosos, han perdido sentido las fronteras nacionales, se ha quedado sin base de sustentación económica propia el Estado, y resulta cuestionado el concepto y el ejercicio de la soberanía nacional, y las concepciones globalizadoras de los países occidentales parecen moverse en 3 planos paralelos: 1-Se hace la apología de los procesos para la formación de grandes bloques económicos-comerciales; 2- Se pretende demostrar el carácter anacrónico del Estado y de las fronteras nacionales; y 3-Se busca el debilitamiento del Estado por la vía de la descentralización de sus funciones.
En el nuevo contexto, ¿cuáles son los desafíos? Aún cuando “desde un punto de vista político y jurídico”, el mundo puede describirse “como una suerte de ‘rompecabezas’ o ‘mosaico’ de Estados soberanos”(6), y todavía se reconoce como una característica esencial de los estados, la autonomía y autodeterminación de su propia estructura, organización, gobierno y soluciones, la globalización ha puesto en crisis el paradigma del estado como principal actor de las relaciones internacionales, y lo ha “obligado” a ceder espacios a lo que parece ser cada vez más una gobernanza supranacional, personificada en los monopolios y las transnacionales y en instituciones multilaterales como las Naciones Unidas, o en esquemas de integración y “cooperación” verdaderamente desiguales como la Unión Europea o los Tratados de Libre Comercio. La Alianza del Pacífico, por ejemplo, revitalizada por el presidente estadounidense Barack Obama, es percibida con “más importancia ideológica que económica en América del Sur (…) y sería casi insignificante políticamente si no se tratara de una pequeña franja del proyecto (de Obama) de crear una Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés), pieza central de su política de reafirmación del poder económico y militar en la región del Pacífico” (7), y un intento por hacer frente a ideologías y esquemas de integración contrahegemónicos como el ALBA o la propia Mercosur. Durante la más reciente crisis financiera internacional, aun en curso, se ha evidenciado el papel interventor e injerencista de la troika europea en políticas internas de algunos de sus países miembros: Grecia y España, por ejemplo, han pagado un alto precio en ajustes del gasto público y otros recortes, por los rescates recibidos. Mientras, otro ejemplo icónico de las consecuencias a veces devastadoras de los tratados de libre comercio, lo sigue siendo el caso mexicano. “Desde que el maíz barato de los Estados Unidos empezara a inundar el mercado mexicano, los precios de maíz que recibían los productores mexicanos cayeron en un 70%. Más de un millón y medio de nacionales que trabajaban en el sector agrícola perdieron sus empleos. Y no se han creado suficientes empleos nuevos para dar trabajo a la gente del campo. (…) El TLCAN ha restado soberanía a los gobiernos democráticos; ha contribuido a la destrucción ambiental; ha aumentado la migración de mexicanos hacia las ciudades y hacia el Norte; y ha incrementado la dependencia alimentaria” (8). No por gusto, “La soberanía no se negocia" era uno de los lemas que enarbolaban con claridad los pueblos latinoamericanos en la lucha contra el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) promovida por EE.UU. a principios de este siglo (9).
Polémico y cuestionado desde hace siglos por estudiosos de la Ciencia Política y el Derecho, y más recientemente, de las Relaciones Internacionales, el concepto de Soberanía sigue convocando, en las nuevas circunstancias de un mundo globalizado, al debate y la revisitación. ¿Es aplicable en la actualidad la noción de soberanía? ¿Cuáles son los riesgos y amenazas que la circundan? ¿Qué tan soberano puede ser un Estado en tiempos de dependencia política, económica, tecnológica…? ¿Existen perspectivas para un fortalecimiento de la soberanía en el contexto de un Sistema Internacional cada vez más multilateral, y a la vez, unipolar, donde se pretende imponer la “gobernanza global” desde los centros de poder? Estas y otras interrogantes permean la teoría y la praxis en torno a la construcción de una Soberanía del siglo XXI.
Globalización y desafíos
En una concepción más general, acuñada por el Fondo Monetario Internacional (3), la globalización “es una interdependencia económica creciente del conjunto de países del mundo, provocada por el aumento del volumen y la variedad de las transacciones transfronterizas de bienes y servicios, así como de los flujos internacionales de capitales, al tiempo que la difusión acelerada y generalizada de tecnología". Pero me gusta el acercamiento del doctor Osvaldo Martínez, hasta hace muy poco director del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial (4), y del investigador Silvio Barró Herrera, del Centro de Estudios Europeos(5), para quienes este fenómeno intenta extrapolar a todas las naciones el modelo económico y el sistema político social imperante en los países centrales de Occidente, tiene como signo demostrativo el capital financiero y en particular la especulación financiera, los agentes que la operan e impulsan son las transnacionales y el manejo de la economía nacional está limitado a imperativos globales, dirigidos a la imposición de una realidad que se afirma es la única posible. Según ambos estudiosos, han perdido sentido las fronteras nacionales, se ha quedado sin base de sustentación económica propia el Estado, y resulta cuestionado el concepto y el ejercicio de la soberanía nacional, y las concepciones globalizadoras de los países occidentales parecen moverse en 3 planos paralelos: 1-Se hace la apología de los procesos para la formación de grandes bloques económicos-comerciales; 2- Se pretende demostrar el carácter anacrónico del Estado y de las fronteras nacionales; y 3-Se busca el debilitamiento del Estado por la vía de la descentralización de sus funciones.
En el nuevo contexto, ¿cuáles son los desafíos? Aún cuando “desde un punto de vista político y jurídico”, el mundo puede describirse “como una suerte de ‘rompecabezas’ o ‘mosaico’ de Estados soberanos”(6), y todavía se reconoce como una característica esencial de los estados, la autonomía y autodeterminación de su propia estructura, organización, gobierno y soluciones, la globalización ha puesto en crisis el paradigma del estado como principal actor de las relaciones internacionales, y lo ha “obligado” a ceder espacios a lo que parece ser cada vez más una gobernanza supranacional, personificada en los monopolios y las transnacionales y en instituciones multilaterales como las Naciones Unidas, o en esquemas de integración y “cooperación” verdaderamente desiguales como la Unión Europea o los Tratados de Libre Comercio. La Alianza del Pacífico, por ejemplo, revitalizada por el presidente estadounidense Barack Obama, es percibida con “más importancia ideológica que económica en América del Sur (…) y sería casi insignificante políticamente si no se tratara de una pequeña franja del proyecto (de Obama) de crear una Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés), pieza central de su política de reafirmación del poder económico y militar en la región del Pacífico” (7), y un intento por hacer frente a ideologías y esquemas de integración contrahegemónicos como el ALBA o la propia Mercosur. Durante la más reciente crisis financiera internacional, aun en curso, se ha evidenciado el papel interventor e injerencista de la troika europea en políticas internas de algunos de sus países miembros: Grecia y España, por ejemplo, han pagado un alto precio en ajustes del gasto público y otros recortes, por los rescates recibidos. Mientras, otro ejemplo icónico de las consecuencias a veces devastadoras de los tratados de libre comercio, lo sigue siendo el caso mexicano. “Desde que el maíz barato de los Estados Unidos empezara a inundar el mercado mexicano, los precios de maíz que recibían los productores mexicanos cayeron en un 70%. Más de un millón y medio de nacionales que trabajaban en el sector agrícola perdieron sus empleos. Y no se han creado suficientes empleos nuevos para dar trabajo a la gente del campo. (…) El TLCAN ha restado soberanía a los gobiernos democráticos; ha contribuido a la destrucción ambiental; ha aumentado la migración de mexicanos hacia las ciudades y hacia el Norte; y ha incrementado la dependencia alimentaria” (8). No por gusto, “La soberanía no se negocia" era uno de los lemas que enarbolaban con claridad los pueblos latinoamericanos en la lucha contra el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) promovida por EE.UU. a principios de este siglo (9).
