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miércoles, 8 de octubre de 2014

Che: ¿dónde te puedo escribir?


Che: ¿dónde te puedo escribir? Me dirás que a cualquier parte, a un minero boliviano, a una madre peruana, al guerrillero que está o no está pero estará. Todo esto lo sé, Che, tú mismo me lo enseñaste, y además esta carta no sería para ti. Cómo decirte que nunca había llorado tanto desde la noche en que mataron a Frank, y eso que esta vez no lo creía. Todos estaban seguros, y yo decía: no es posible, una bala no puede terminar el infinito, Fidel y tú tienen que vivir, si ustedes no viven, cómo vivir. Hace catorce años veo morir a seres tan inmensamente queridos, que hoy me siento cansada de vivir, creo que ya he vivido demasiado, el sol no lo veo tan bello, la palma, no siento placer en verla; a veces, como ahora, a pesar de gustarme tanto la vida, que por esas dos cosas vale la pena abrir los ojos cada mañana, siento deseos de tenerlos cerrados como ellos, como tú.

Cómo puede ser cierto, este continente no merece eso; con tus ojos abiertos, América Latina tenía su camino pronto. Che, lo único que pudo consolarme es haber ido, pero no fui, junto a Fidel estoy, he hecho siempre lo que él desee que yo haga. ¿Te acuerdas?, me lo prometiste en la Sierra, me dijiste: no extrañarás el café, tendremos mate. No tenías fronteras, pero me prometiste que me llamarías cuando fuera en tu Argentina, y cómo lo esperaba, sabía bien que lo cumplirías. Ya no puede ser, no pudiste, no pude. Fidel lo dijo, tiene que ser verdad, qué tristeza. No podía decir "Che", tomaba fuerzas y decía "Ernesto Guevara", así se lo comunicaba al pueblo, a tu pueblo. Qué tristeza tan profunda, lloraba por el pueblo, por Fidel, por ti, porque ya no puedo. Después, en la velada, este gran pueblo no sabía qué grados te pondría Fidel. Te los puso: artista. Yo pensaba que todos los grados eran pocos, chicos, y Fidel, como siempre, encontró los verdaderos: todo lo que creaste fue perfecto, pero hiciste una creación única, te hiciste a ti mismo, demostraste cómo es posible ese hombre nuevo, todos veríamos así que ese hombre nuevo es la realidad, porque existe, eres tú. Que más puedo decirte, Che. Si supiera, como tú, decir las cosas. De todas maneras, una vez me escribiste: "Veo que te has convertido en una literata con dominio de la síntesis, pero te confieso que como más me gustas es en un día de año nuevo, con todos los fusibles disparados y tirando cañonazos a la redonda. Esa imagen y la de la Sierra (hasta nuestras peleas de aquellos días me son gratas en el recuerdo) son las que llevaré de ti para uso propio". Por eso no podré escribir nunca nada de ti y tendrás siempre ese recuerdo.

Hasta la victoria siempre, Che querido.

Haydée [Carta de Haydée Santamaría al Che Guevara, escrita después de su asesinato en Bolivia.]

domingo, 14 de junio de 2009

Vida

Por Daynet Rodríguez

Es increíble como la mayoría de los testimonios inmediatos a la caída del Che Guevara en La Higuera, aquel octubre de 1967, y las expresiones llegadas desde todas latitudes en solidaridad con Cuba y con el dolor de su pueblo, hablaban de tristeza pero sobre todo, de vida. Me parece increíble porque imagino que el desconsuelo de entonces debió ser mayúsculo, la sensación de vacío, la pérdida irreparable, y sin embargo la certeza era unánime: los intelectuales, en medio de su pesar, intuían claramente que no se había matado al Che, que obraba un segundo nacimiento del hombre para América Latina y el mundo. En ese sentido, una frase me sobrecoge especialmente, la de Rodolfo Walsh cuando escribe: “Alguien tarde o temprano se irá al carajo de este continente. No será la memoria del Che. Que ahora está desparramado en cien ciudades”. Y es que el Comandante había entregado durante su vida, como bien dice Lezama Lima, “las pruebas terribles y magníficas de su tamaño para la transfiguración”. Una transfiguración y un mito que los conservadores hoy pretenden robar, re-escribir, reconfigurar y vender. Volverlo estéril, imposible. Es la manera de acabar la muerte inconclusa de aquel octubre, una apuesta a la desmemoria, a la banalización, al hastío. Y ya que no muere de una muerte rápida, pues que fallezca lentamente en el mercado de las ideas y de la realidad. Y así lo hemos visto en pullóveres y baratijas, en películas y posters, pero quiero pensar que mucho queda de su ejemplo en quienes compran o miran la mercancía; que más que una moda, es un móvil, un detonante. Por lo menos es la sensación después de leer estas palabras de Rigoberta Menchú: “Al igual que mucha gente de mi pueblo, mi primer conocimiento del Che fue más por su imagen y simbolismo que por sus escritos y su obra”. Y es la misma sensación cuando miro a mis contemporáneos, soñadores de estrellas, Quijotes, sabedores de que la inmovilidad sería la verdadera muerte del Che. Entonces no es descabellado reiterar la invocación que hiciera Cortázar en aquellos días tristes, de semilla: “Pido lo imposible, lo más inmerecido, lo que me atreví a hacer una vez, cuando él vivía: pido que sea su voz la que se asome aquí, que sea su mano la que escriba estas líneas. Sé que es absurdo y que es imposible, y por eso mismo creo que él escribe esto conmigo, porque nadie supo mejor hasta qué punto lo absurdo y lo imposible serán un día la realidad de los hombres, el futuro por cuya conquista dio su joven, su maravillosa vida. Usa entonces mi mano una vez más, hermano mío, de nada les habrá valido cortarte los dedos, de nada les habrá valido matarte y esconderte con sus torpes astucias. Toma, escribe: lo que me quede por decir y por hacer lo diré y lo haré siempre contigo a mi lado. Sólo así tendrá sentido seguir viviendo”.