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lunes, 25 de mayo de 2009

África: entre violencia y hambruna


El Día de África es conmemorado hoy en el continente, afectado por la violencia, los conflictos, la sequía extrema y la hambruna, que llevan a 400 millones de personas a la pobreza. Si todo eso pareciera poco, la actual crisis capitalista global podría llevar a la pobreza a otros 53 millones de habitantes quienes padecen además de enfermedades prevenibles o curables.
El día ni siquiera se recordará en regiones de Somalia, Nigeria, Sudán, República Democrática del Congo y otros países, escenarios de cruentos enfrentamientos entre el gobierno y la oposición, con numerosas víctimas y miles de desplazados cada jornada.
A 47 años de la creación de la Organización de Unidad Africana (OUA) en Addis Abeba, la entidad panafricana, convertida en Unión Africana (UA) en Durban en el 2002, se esfuerza por darle al continente una imagen sin estereotipos.
"Hacia una África Unida, Próspera y Pacífica" es la consigna que lanzó la Comisión de la Unión Africana para el homenaje este día.
La UA tiene entre sus metas incrementar la integración económica y política del continente, así como reforzar la cooperación entre sus estados.
Jean Ping, líder libio y actual presidente de la UA recordó en alguna ocasión que el continente se dirigía hacia una democracia más avanzada, la cual es a veces difícil de alcanzar.
En los medios repercute hoy la celebración del Día de África en la región española de Tarifa, mientras en el continente parece pasar desapercibida la fecha.
El director de cine surafricano Alain Tschudin señala que no pretenden huir de problemas que funcionan como los estereotipos que hay en el mundo sobre África, pero sí desean que se aborden como una parte de un conjunto más amplio.
Lo cierto es que el llamado "continente olvidado" tiene un gran reto para poder dar cumplimiento a las Metas del Milenio en la reducción de la pobreza, siendo la región mas rezagada.
A pesar de sus enormes riquezas naturales, África continuó siendo el continente más pobre del mundo durante 2008, donde una de cada tres personas al sur del Sahara padece desnutrición crónica y las mujeres portan la cifra de mayor muerte materna en el mundo.
Prensa Latina

En el Día de África: Cuando estuve en el Sahara

Dajla, campamento de refugiados del pueblo saharaui

La sonoridad de la palabra Sahara contiene la suavidad esponjosa de las dunas, la tiranía del sol, el azul profundo de un cielo espumado de estrellas, la visión fantástica de un infinito yermo. En ella también caben la guerra, el expolio, la precariedad, el destierro y la injusticia. Por la irreprimible fuerza de un pueblo hace treinta y tres años que decir Sahara también es decir resistencia, anhelo, templanza.
Llegar a Dajla, uno de los campamentos de población refugiada saharaui en Argelia cuyo nombre corresponde a una de sus ciudades bajo ocupación militar marroquí, es una odisea en toda regla. Como si las peripecias se conjugaran para poner a prueba la determinación y la dureza del pellejo de la viajera, tan solo para recompensarla con imágenes y emociones irrepetibles. Las horas en un avión charter que más parece un autobús alquilado por un grupo de conocidos y el despiadado masaje que me regala el transporte todoterreno desde Tinduf son el peaje del primer amanecer en el desierto. Mis ojos dejan el atisbo y se abren como abanicos, embrujados ante el vigor del fuego que se alza con el impulso de un dios absoluto. No se cerrarán en mucho tiempo, acaso para dormitar en la jaima o el gueton cuando el cuerpo se niega a acompañar mi necesidad de recorrer y recordarlo todo.
A golpe de consigna, la realidad de los campamentos viene pausada a mi encuentro. La reflexión inmediata evoca eso que aprendí a entender como «comodidades» o «vida moderna», eufemismos para señalar un grifo, una toma de corriente eléctrica, una calle pavimentada y, también, una puerta cubierta de cerrojos. Aquí, donde el tiempo ha adoptado la forma del horizonte ilimitado, basta un rato para reconocer en esos objetos peculiares vehículos del derroche y el desperdicio. Necesitamos poco y queremos todo, qué importa si en el camino atropellamos o arrebatamos. El pueblo saharaui, inmerso en la brutalidad de la ocupación de un lado del muro más largo del globo o en el rigor del exilio del otro, sabe que su supervivencia depende del sentido de colectividad. Y es que los días y las noches en Dajla dan paso a una reflexión más detallada sobre aquello que en mi mundo se ha perdido y que no es poco: la noción de comunidad, la motivación para reconocernos en otras humanidades, el ánimo de rebeldía, la celebración de la vida por sí misma.
Al igual que los cientos de personas que estamos de paso, disfruto el ritual del té, el cobijo de una familia, las bondades del turbante, el lucero que presagia el amanecer, la sabia cadencia de los dromedarios. La quietud de cada momento obsequia un aprendizaje. Escucho atenta el saludo saharaui, un intercambio de preguntas sobre el bienestar de la familia y el ganado, sobre los caminos recorridos y la deseada presencia del agua en un páramo sin dueño. Se trata de algo más que una tradición de errantes, aquel diálogo útil para trazar la propia ruta y aminorar las probabilidades de perecer o perderse en rojizos senderos: al preservar el saludo que distingue su espíritu nómada, el pueblo saharaui sella su convicción en la victoria y persigue la urdimbre de su identidad legendaria.
La imaginación reina en el Sahara, espacio ideal para la delirante organización de un festival internacional de cine. Proyectar películas en la inmensidad de una mal llamada nada no solo refresca los sentidos marcados por una paciencia que se agota. ¿Qué mejor medio para asomarse a otras realidades y presentar la propia que el lenguaje audiovisual, insignia de nuestros tiempos? Por eso el festival ofrece talleres de documental, fotografía, edición, sonido o radio. Por eso se trabaja en la construcción de la primera escuela de cine y acaban de inaugurarse las transmisiones de la televisión saharaui. Todo sirve para fortalecer la trinchera de la dignidad y defender la sonrisa de esta gente que no pide permiso para ser y empuñar su bandera.
El lugar común dicta aguzar la perspectiva después de viajar a un campamento saharaui, lugar donde el necio pulso humano supera adversidades inimaginables, paisaje singular en un planeta donde el pensamiento único ha arrancado de cuajo todo rasgo de originalidad y las ciudades y las personas son cada vez más aburridamente parecidas. Tal vez así se explica la sonrisa que nace de mi boca cuando hablo del Sahara y de un pueblo que tiene los ojos puestos en el futuro, los pies enraizados en la historia y los brazos creciendo alas. Pero mi fascinación no vale su herida. Por más que quienes llegamos de lejos necesitemos una cura contra el consumismo y la superficialidad, por más intensa que resulte la experiencia, nadie tendría que vivir inventando maneras de gritar al mundo su tristeza y su reclamo de justicia.
Tomado de Rebelion.org

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